«No se si serán los años, pero he bajado el volumen de lo que escucho y he subido el de lo que siento. Me estremece un atardecer, el sorbo de un buen café, un buen vino, una grata compañía, una bella melodía, el calor de una mirada, el poder de un beso. No se si serán los años, los daños…. o quizás, solo quizás, empiezo a ver la vida como realmente es…»

Este bello poema, del que me disculpe su autor, pero no logro encontrar de quien es, deja abierta una importante cuestión, ¿será que aprendemos a base de dolor?

Cada día, veo en mi consulta, a personas que crecen, transforman su vida y encuentran por fin la calma deseada, tras haber sufrido un doloroso conflicto emocional. Silvia y yo mísmas somos ejemplos de ello.

En mi caso, los pequeños daños que me iba dando la vida, no fueron suficientes para despertarme, tuve que tocar fondo para descubrir por fin qué era lo realmente importante, para aprender a disfrutar de las pequeñas cosas. Sí, yo también adoro un atardecer, el soplo del viento en mi cara, la sonrisa de un niño, el acompañar sin pedir a cambio nada.

Usando el dolor como maestro

Tenemos mil frases populares que intentan justifican la tozudez y la resistencia a aprender: «El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra» «No hay dos sin tres»… y muchas otras que seguro vienen a tu cabeza en este momento.

A menudo recuerdo en nuestras formaciones que nuestra mente sólo tiene dos objetivos: buscar el placer y evitar el dolor, sin embargo, una vida en absoluto placer, sin percibir las otras necesarias emociones básicas, estaría indicando un desequilibrio y de seguro alguna enfermedad mental.

Nos han enseñado que los errores son fracasos, que no podemos equivocarnos, la equivocación conlleva castigo. El castigo nos expone, nos avergüenza, nos hace sentir culpables y produce dolor. Pero de verdad, es que podemos ser perfectos? Esta exigencia impuesta por los sistemas educativos y aceptada por nosotros desde niños como si fuera real, nos lleva a inhibir la autenticidad que hay detrás del dolor. ¿Y si lo que entendemos por castigo fuese realmente una bendición?

Si recogemos los beneficios de lo que llamamos dolor, entenderemos su aprendizaje, que cuando se interioriza, abre puertas a muchos momentos de inmensa felicidad.

El dolor nos da un mensaje, un mensaje que nos protege y regenera, nos inspira y enseña el camino correcto, nos hace más fuertes, nos permite aceptar realidades diferentes. Nos enseña cuales son nuestras limitaciones, y a partir de ahí, como si fuese un músculo, entrenar el dolor nos hace más resistentes.

Nuestra vida va unida al dolor

Alguien dijo que el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Y es que crecer implica dolor. Te duele cuando te salen los dientes, te duelen los culetazos cuando empiezas a andar, los huesos cuando empiezas a crecer, el primer desamor…

Tratamos de evitar el dolor reprimiéndolo, intentando hacerlo cada vez más corto, fugaz, efímero. Nuestra cultura de soluciones rápidas mediante un click nos lleva que tratemos de inhibirlo bien sea mediante medicamentos, alimentándonos compulsivamente o buscando satisfacción con compras, juegos  y similares satisfacciones fugaces.

El rechazo del dolor nos lleva directamente al sufrimiento, y éste es un sentimiento que nos provoca impotencia Mientras que el dolor conduce a la sabiduría, el sufrimiento lleva al victimismo y la parálisis, a creer que no está en nuestra mano nada y que somos víctimas de un cruel juego de vida que nos ha tocado vivir por un karma que no comprendemos.

Las culturas orientales valoran el dolor, saben lo importante que es, lo entienden como parte del camino a la gloria. En su aceptación del dolor, han desarrollado lo que se llama resiliencia, es decir la capacidad de superación, contrario a la cultura considerar que los errores conllevan castigo y fustigación, que nos conduce al rechazo y que en occidente nos toca desaprender, a veces, acudiendo a profesionales.

La clave está en la actitud

Un buen día, un viejo maestro, viendo que su discípulo estaba muy triste, le envió a buscar un puñado de sal. Cuando este regresó, le pidió que tomara un poco de sal y la echara en un vaso de agua, para luego beberla.
– ¿Que tal sabe? – le preguntó el maestro.
– ¡Está salada y desagradable! – respondió el aprendiz.
El maestro, con una sonrisa en el rostro le pidió que se llenase la mano de sal nuevamente, y en silencio le acompañase a un hermoso lago. Le pidió que derramase la sal de su mano y que bebiera el agua. Así lo hizo el joven.
– ¿A qué sabe el agua? – le volvió a preguntar.
– Está muy fresca.
– ¿Sientes el sabor a sall?
– No – respondió el discípulo
Entonces, el maestro le dijo: «El dolor existe. Pero el dolor depende de donde lo colocamos..El dolor que hay en la vida es como la sal. La cantidad de dolor siempre es la misma, pero el grado de amargura que probamos dependerá del recipiente donde volquemos la pena. Por tanto, cuando experimentes dolor, lo único que debes hacer es ampliar tu perspectiva sobre las cosas. Deja de ser un vaso de agua y conviértete en un lago».

 

Este cuento Zen nos de la clave para poder aceptar el aprendizaje del dolor sin un coste personal importante. La clave está en la actitud con la que lo afrontamos, si algo te está doliendo, repasa qué te esta ocurriendo al respecto, dejar de ser un vaso, convertirnos en lago. Crece y el dolor se hará más pequeñito.

La madurez emocional nos permite ampliar nuestras perspectivas, cambiar el diálogo interior y, por tanto, que el inevitable dolor no haga mella en nosotros, tan sólo nos enriquezca con su mensaje y la resiliencia haga el resto.

Muéstrate amabilidad, se compasivo contigo mismo. Acepta una situación que te está enseñando y haciéndote más sabio/a. Tan pronto la aceptes empezarás a sentir que la vida te tiene reservada vivencias maravillosas, mucho mejores de lo que podías esperar. Esa situación desagradable que has pasado, no era más que la puerta para seguir en tu evolución hacia el objetivo final, que no puede ser otro más que tu propia felicidad.